martes, 6 de octubre de 2009

Extracto del pregon de Rafael de Gabriel 2004.











Los caminos de Dios son invisibles a sus criaturas. El Señor llama a cada uno a su cofradía. En la Fe está la razón que nos induce a hacernos cofrades y a vestirnos de nazareno. Así , cada Martes Santo volvemos a dar gracias a Nuestro Padre Jesús Ante Anás por regalarnos estar cerca de Él. Silencio en la Plaza de San Lorenzo. Suena la Marcha Real. En el pebetero del paso se consume el incienso, ofrenda a Dios. Nubes bíblicas de incienso de la antigüedad... incienso de las caravanas de los Libros Sagrados, que invitan a la oración... El aroma y el humo confieren espiritualidad y hondo significado a la visión del Misterio... Cara al Tribunal, prevalece la Mirada Valiente de Jesús... El Hombre ante el hombre, defendiendo la Verdad, enhiesto y recto como un metal que nunca se dobla, ni fatiga ni falla. Jesús Ante Anás, sin más nombre que el del Salvador del Mundo; Cristo, Ayer, Hoy y Siempre. Al salir el paso, San Lorenzo Mártir, desde el frontispicio de la Parroquia, mira cara a cara al Señor. Jesús ante el que fue uno de sus mejores soldados en la Tierra.

Tras discurrir la Plaza, el paso avanza grandioso en el corazón del barrio, entre las dificultades de Cardenal Spínola. Rezamos sus cofrades bajo el antifaz. Meditamos el origen de la cofradía, consistente en Amparar y Socorrer a las Niñas Huérfanas. No se nos va el Señor de la mente. El Misterio de la Bofetá es la voz de nuestra conciencia. Cuántas veces el hombre amarra las manos al hombre y lo golpea, sin darle siquiera una oportunidad de expresarse, con la anuencia de los falsos acusadores, ante el influyente Anás de cada día, diciendo desde la soberbia "¿así respondes al Pontífice?". Jesús Ante Anás es la mayor demostración contra la violencia.

Regresará a la Parroquia el Cuerpo de blancos nazarenos con la Cruz Trinitaria, que parece especialmente concebido para encajar en el contexto de la noche primaveral, como brotado del pincel de García Ramos, Hohenleiter o Bacarisas. Y será llegado el momento de esperarla...

La noche sevillana halla en Ti su más especial expresión. Madre Nuestra ¿será posible tanta maravilla? ¿será posible el Color Moreno de Tu Cara al entrar tu formidable paso de palio?. Será el momento de mirarte... será el momento de contemplar esos Ojos que embrujan, que se agrandan en la calle, que miran con maternal comprensión... Habrá merecido la pena ir lejos de Ti en la Estación de Penitencia para haber esperado simplemente el instante en que la luz de la cera gastada en la candelería ilumina Tu Rostro incomparable... ¡entonces Tus Ojos parecen tener vida!... Reina del Dulce Nombre...¡qué Guapa Eres!... merece la pena vivir para esperar que entres en San Lorenzo. Quien la vio en esos momentos sensacionales ya la recordará siempre, sabiéndose desde entonces bajo la Protección de Su Manto...

Sus cofrades volveremos a casa, avanzada ya la noche, deseosos de verla al día siguiente, con la Cara aún más Morena y las velas aún más agotadas; más este nazareno enamorado siempre evocará aquella vez en que un Miércoles de Pasión, llegando la Semana Santa, vivió la dicha increíble de entrar en San Lorenzo y encontrarse totalmente solo ante Ella, Testimonio Sublime de la Fe de Antonio Castillo Lastrucci...

Qué Sola estaba la Virgen
esa tarde en San Lorenzo...
la Virgen estaba Sola
y yo le tiraba besos,
estaba sola la luz
que inundaba los adentros,
sólo el hierro de las rejas
y los óleos en el lienzo
sólo se escuchaban trinos
de gorrión, y jaleo
de chiquillos en la Plaza
más grande del Universo.


Sola estaba Su Mirada
solo Su Color Moreno;
Sola estaba con San Juan,
conmigo y con mis anhelos.
Solo Su Manto bordado
sus hilos y terciopelo
el palio juanmanuelino,
los borlones y sus flecos.
Estaba sola la cera
y solos los candeleros,
los candelabros de cola
y sus codales enteros.


Un Miércoles de Pasión
no había nada en San Lorenzo...
ni tan siquiera piropos
ni azahar, ni nazarenos
ni gente arremolinada
ni sudor de costalero,
ni pequeños monaguillos,
ni ciriales, ni el incienso,
ni pobres ni personajes
ni razón ni entendimiento,
ni latir de corazón
ni voces, ni pensamientos,
ni llamas de cirios blancos
ni los rumores del viento,
ni promesas ofrecidas,
ni encendidos juramentos;
ni música que tocara,
ni tan siquiera su eco,
no había claveles rosas
para en las jarras ponerlos,
ni la voz del capataz,
ni compás de saetero
ni gente en la Sacristía
ni cuatro manigueteros
para escoltar Su Presencia
ante los respiraderos.


De Hernán Cortés a la Plaza
todo era un sumidero
que recogía el sonido,
tornando todo en silencio.
Estaban solas las naves
y solitario el crucero,
solos solos los altares,
y los mármoles del suelo;
oscuro quedaba el coro
y mudo el órgano viejo.
Allí sólo estaba Ella
con mi prosa y con mi verso
que brotó del corazón,
y cuando hoy lo recuerdo
siento como en la garganta
un nudo se hace mi verbo
cuando pienso en aquel día
imborrable en San Lorenzo...

¡Solo con Su Dulce Nombre,
creí que estaba en el Cielo!







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